Émile-Louis Burnouf 
La Science des Religions (1870)

Nada más peligroso —ni más revelador— que querer aplicar la ciencia a lo sagrado. Émile-Louis Burnouf, heredero de esa ambición decimonónica que pretendía explicar la totalidad de las religiones con la lupa de la filología y el escalpelo de la comparación, quiso organizar las creencias humanas como quien clasifica minerales o familias gramaticales: sin dejar que se le escape lo misterioso, pero sin aceptarlo tampoco. Y en ese afán —casi titánico, casi ingenuo— se topó con los muertos que no aceptan serlo, con las almas que no reposan, con la figura que aún no se nombra del todo pero que se intuye: la del vampiro.

No lo llama así, por supuesto. Está más interesado en las estructuras, en los ritos, en las genealogías del alma humana. Pero en sus secciones dedicadas a las religiones de Oriente, especialmente las eslavas y persas, aparecen relatos sobre cuerpos incorruptos, apariciones nocturnas, entidades que se alimentan del hálito vital de los vivos. Y lo hace con una naturalidad casi académica, como si lo más extraño fuera simplemente un dato más para confirmar su teoría. Sin embargo, uno advierte que hay un temblor bajo el discurso —una grieta, por mínima que sea— por donde se cuela lo inexplicable: el hecho de que algunas culturas teman más a los suyos muertos que a los demonios del más allá.

Burnouf, como tantos otros de su tiempo, escribe creyendo que entender es dominar. Pero lo que entrega, al final, es un mapa de los miedos universales, en el que el vampiro aparece como una constante apenas disfrazada, como una figura recurrente en las religiones primitivas, pero también en las más sofisticadas. El vampiro no es aquí el conde refinado ni el monstruo literario, sino el residuo espiritual de aquello que no se cierra: la muerte incompleta, el alma errante, el cuerpo que sigue exigiendo.

La Science des Religions pretende desmitificar, pero termina confesando —sin saberlo del todo— que hay mitos que no pueden disolverse del todo en teoría. Que hay creencias tan obstinadas que sobreviven incluso al análisis filológico, que resisten el bisturí del racionalismo. Y una de ellas, quizá la más resistente, es la del muerto que no se resigna a estar muerto. Llámese como se llame.

Vampiros en el Arte

Henry Fuseli 
The Nightmare 

Fuseli pintó esta escena como si hubiera visto en la imaginación lo que aún no se decía en voz alta: que el miedo no venía sólo de fuera, sino de dentro ...

William-Adolphe Bouguereau  
Dante y Virgilio

El cuadro representa a los condenados que Dante encuentra en el octavo círculo del Infierno, los falsificadores de alma, si seguimos la clasificación exacta. 

R. de Moraine 
Le Vampire 

Hay escenas que no representan un hecho, sino una forma de pensar el miedo, y acaso por eso duran más que los propios hechos que pretendían ilustrar ...

El Vampiro en el Arte
Con una prosa ensayística y evocadora, El vampiro en el arte explora cómo cada época ha proyectado en el vampiro sus obsesiones más íntimas: el cuerpo, la sexualidad, la enfermedad, el lujo, la decadencia, el doble, el deseo de inmortalidad y la inquietud ante lo que regresa. Más que estudiar un monstruo, este libro sigue el rastro de una presencia. Y al hacerlo, revela que toda imagen vampírica es también una confesión disfrazada de la cultura que la produce.

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