El vampiro de Modrá (República Checa, s. X)
En ocasiones, el tiempo se arquea de una forma extraña, y lo que fue enterrado hace mil años no se queda en su siglo, sino que asoma en el nuestro, como si no supiera muy bien en qué época dejar de existir. Esto sucede, por ejemplo, cuando uno excava una tumba que se creyó cerrada, y encuentra algo que no encaja con la lógica de la muerte. Algo que no está dispuesto, ni siquiera ahora, a quedarse quieto.
En la localidad checa de Modrá, una aldea del sur de Moravia, se descubrió a finales del siglo XX un enterramiento singular: un hombre depositado en el suelo con una gran estaca de hierro clavada en el pecho, acompañado de piedras pesadas sobre el cuerpo y rodeado de restos de cal quemada, en lo que claramente no era un funeral cristiano ni tampoco del todo pagano, sino algo diferente, algo que apunta al miedo. A que ese cuerpo, en particular, no debía volver.
No se trataba de un castigo póstumo, sino de una prevención. Una barrera. La idea, si puede llamarse así, era que el muerto no saliera. Que permaneciera en su lugar. Que no se levantara. No porque hubiera razones probadas para creer que lo haría, sino porque su vida había sido lo suficientemente ambigua como para que su muerte no bastara.
Y aquí es donde se abre la pregunta. ¿Quién era este hombre? ¿Qué hizo —o qué se dijo de él— para que su comunidad tomara tantas precauciones? No tenemos su nombre. No hay inscripciones, ni epitafios. Pero hay un lenguaje más antiguo que los alfabetos: el de los gestos rituales, y ese lenguaje dice que fue considerado peligroso. No en vida necesariamente, sino después. O incluso en el tránsito, en ese momento donde aún no se sabe si alguien ha cruzado del todo.
Heinrich Härke, en su ensayo sobre los ritos de exclusión en los cementerios altomedievales, señala que “los cuerpos tratados con violencia ritual suelen ser aquellos que la comunidad consideraba peligrosos no por lo que fueron, sino por lo que podían llegar a ser: agentes de retorno”. En este sentido, el enterramiento de Modrá no castiga un acto, sino la posibilidad de un acto futuro. Es una forma de pre-crimen ritual, una condena al potencial.
Y no es el único. En Polonia, en Cedynia y Dębica, se han hallado tumbas similares: cadáveres clavados, decapitados, las mandíbulas bloqueadas por piedras, los tobillos fracturados. John Sayer, en sus estudios sobre los vampiros arqueológicos de Europa Central, habla de una “cultura del control funerario”, un intento obsesivo por gestionar el cuerpo como última frontera de lo civilizado. El muerto de Modrá pertenece a ese archivo de los “malos enterrados”, los cuerpos de los que se desconfía incluso en su pasividad.
Y es curioso —o quizá no tanto— que este miedo esté tan centrado en el cuerpo físico, en su integridad, su postura, su ubicación. Los revenants de la tradición centroeuropea no son espectros inmateriales. Son cuerpos activos, densos, que conservan la fuerza. Como los draugar islandeses, como los strzygi polacos, como los vrykolakas griegos. Se mueven, abren puertas, matan ganado, aplastan a sus familiares en la cama. No son imágenes. Son presencias.
Y en esto difieren de los vampiros románticos que vendrían siglos después. No seducen, no hablan francés, no portan capas. No fuman en boquillas largas ni se esconden en castillos ruinosos. No tienen gesto. Solo peso. Una obstinación material. El vampiro de Modrá no es elegante ni trágico. Es un problema físico. Alguien al que hay que clavar, fijar, cerrar.
Pero ¿y si el miedo no estaba solo en el cuerpo? ¿Y si el verdadero temor no era al retorno, sino al recuerdo? Al hecho de que ese hombre —que probablemente no encajó del todo, que no cumplió su papel, que tal vez fue extranjero, desobediente, desviado, distinto— pudiera ser recordado. Claude Lecouteux lo sugiere: muchas de estas ejecuciones simbólicas del cuerpo son también formas de aniquilación cultural. No solo impedir que alguien vuelva, sino impedir que haya memoria de él. Clavarlo no solo al suelo, sino al olvido.
Y, sin embargo, no funcionó. Porque ahora sabemos de él. Porque su cuerpo, en lugar de quedarse quieto, volvió a levantarse arqueológicamente, y su estaca no impidió la pregunta. Al contrario, la hace más punzante: ¿quién decide qué cuerpo debe quedarse bajo tierra? ¿Quién determina qué muertos tienen permiso para descansar, y cuáles deben ser vigilados por toda la eternidad?
Quizá el muerto de Modrá no fuera un vampiro. Quizá no fuera nada de lo que se temía. Pero su tumba dice otra cosa. Dice que alguien creyó que no era suficiente con matarlo una vez. Y eso, siglos después, aún da qué pensar.
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