El conde Arnau
Existen leyendas que no terminan de fijarse, que resbalan cada vez que uno intenta convertirlas en relato cerrado o moraleja clara. Leyendas que sobreviven no porque se repitan igual, sino porque cada versión las trastoca apenas, las desplaza, como si supieran que su fuerza está precisamente en no dejarse contar del todo. El conde Arnau, mito fundacional de Cataluña y figura espectral por excelencia, es una de esas leyendas.
Se dice que fue noble y cruel, inflexible con los campesinos, impío con los frailes, e insaciable con las mujeres. Se dice que violó su promesa monástica tras seducir —o poseer— a una novicia del monasterio de Sant Joan de les Abadesses. Se dice que hizo un pacto, o simplemente vivió como si la muerte no fuera para él. Pero lo cierto, lo constante en todas las versiones, es que murió sin acabar de irse, y que su castigo no fue arder en los infiernos ni pudrirse en una tumba, sino cabalgar eternamente, en soledad, con ojos de fuego y voz hueca, sobre los riscos del Pirineo.
Uno podría pensar que esta figura no difiere mucho de los draugr nórdicos o los revenants ingleses, condenados a vagar porque en vida dejaron asuntos turbios. Y sin embargo, el conde Arnau no vuelve para asustar a nadie. Vuelve por algo peor: porque no puede descansar. Porque está hecho de deseo, y el deseo —cuando no se consuma o no se satisface del modo permitido— se convierte en condena.
Manuel Milà i Fontanals, en su célebre estudio sobre la poesía popular catalana, ya veía en Arnau una figura contradictoria: un noble transgresor convertido en símbolo del castigo, pero también en una especie de héroe popular que resiste el orden clerical. Martí de Riquer, más tarde, insistiría en la dualidad: Arnau es a la vez el hereje y el seductor, el que rompe pactos sociales y el que persiste porque no acepta que el tiempo lo entierre.
Hay algo en él que lo emparenta con el Holandés errante, con el Judío errante, incluso con Fausto y Don Juan, pero sin redención ni resolución. Todos ellos desean —la eternidad, el saber, la carne—, pero Arnau no pacta: simplemente no se detiene. Su caballo no se cansa, su castillo permanece en ruinas, su cuerpo no se disuelve. Ni vivo ni muerto, es una función, no un personaje.
Y aquí se acerca peligrosamente al territorio del vampiro. No por sediento de sangre, sino por otra forma de inmortalidad maldita, de no morir del todo. Joan Amades, en su recopilación de leyendas catalanas, lo ubica entre los espectros que se aparecen de noche a los viajeros, que arrastran cadenas, que arden sin consumirse. Y en esa combustión perpetua, Arnau se vampiriza a sí mismo: no ataca, pero no puede apagar el fuego que lleva dentro.
Al igual que la Strzyga polaca o el Vrykolakas griego, su presencia causa malestar, incomodidad, pero también fascinación. No es del todo temido. Se le canta. Se le representa. Su leyenda se ha hecho música, teatro, novela. Y eso lo vuelve más complejo: porque el castigo se ha vuelto mito, y el mito, como tantas veces, ha dejado de obedecer al castigo.
¿Fue el conde Arnau un monstruo? ¿Un criminal? ¿Un símbolo de los excesos feudales o una figura fáustica del deseo sin límites? ¿Fue una advertencia o un espejo? La leyenda no responde. Solo repite su condena: cabalgar sin fin, regresar en llamas, mirar el mundo que lo ha olvidado sin poder intervenir.
Y uno, lector moderno, ya no sabe si compadecerlo o envidiarlo. Porque, al fin y al cabo, no hay figura más contemporánea que aquella que se niega a desaparecer, aunque todo indique que debería haberlo hecho hace siglos.
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