Ekimmu: los que no fueron llorados
No todo lo que regresa lo hace por voluntad. No todo lo que vuelve a la vida quiere estar vivo. Y no todo lo que inquieta tiene rostro, ni forma, ni siquiera un nombre que podamos pronunciar con naturalidad. Ekimmu, por ejemplo. Una palabra que apenas sabemos decir, que nos llega desde una lengua extinguida —el acadio—, escrita en tablillas que fueron enterradas, olvidadas y más tarde leídas con desconcierto. Una palabra que significa, según el Dictionnaire des divinités mésopotamiennes, “espíritu errante” o “fantasma que vaga por la tierra sin descanso”.
En la cultura mesopotámica, los ekimmu eran los muertos que no habían recibido un entierro adecuado. Según Jean Bottéro, la existencia de los muertos era prolongación de la existencia de los vivos, y requería de ellos cuidados regulares. Sin ritual ni tumba, sin palabras adecuadas, el alma no descendía al inframundo. Se quedaba aquí como error u omisión.
No hacía falta un pecado, ni una falta grave. Bastaba con morir en el lugar equivocado, sin testigos, sin que nadie supiera pronunciar el nombre o sin que se encendiera una lámpara votiva. Y entonces, según los textos, “el ekimmu vaga, entra por las puertas sin ser visto, se instala en las casas, consume el alma del dormido, le roba el aliento”. No es una aparición. Es una persistencia.
No tenía cuerpo. Al menos, no del tipo que puede reconocerse. Era un viento, una niebla, una sequedad. Se decía que producía languidez, agotamiento, tristeza prolongada. Un texto exorcístico recoge la queja del doliente: “Mi fuerza se ha ido, mis días se vacían, mi alma se disuelve como humo” (Maqlû, I, 86). El ekimmu no mataba rápido. Desgastaba.
Pero no lo hacía por maldad, sino por abandono. No venía a dañar, sino a pedir lo que no se le dio. Otro texto señala: “No tuve tumba, no tuve llanto, nadie gritó mi nombre. Por eso vuelvo”. Era el muerto sin clausura. El ausente que no fue reconocido como tal. Su retorno no era venganza, sino súplica.
Había exorcismos, sí. Invocaciones al dios Ea, ofrendas de agua pura, tablillas con fórmulas y figuras apotropaicas. Pero los rituales no eran suficientes si no se comprendía el principio: “El que no es llorado no puede dormir” (Lamentaciones sobre Ur). El ekimmu no era un enemigo: era una advertencia.
Y esa advertencia no ha perdido fuerza. Al contrario. Vivimos —¿quién lo niega? — en un mundo sin duelo verdadero, sin ceremonia ni cierre. Un mundo que externaliza la muerte, la deposita y la delega. Ya no hay lamentos: hay seguros de decesos. Ya no hay cortejos: hay cremaciones exprés. Y, sin embargo, los síntomas persisten: habitaciones frías, recuerdos que no se licúan, dolencias que no se explican. Uno se pregunta si no hemos multiplicado los ekimmu, sin saberlo.
Todo aquello que no es concluido busca repetirse, sostuvo Sigmund Freud. Y el ekimmu es, justamente, eso: la repetición del final que no fue. No un monstruo. Un error que regresa. Un eco.
