Edvard Munch
Vampyr (1893–1895)

A veces no hay que mostrar el acto para que el acto esté. Basta un gesto, una curva, una insinuación. Basta un cuello que se ofrece, una melena que cae, un cuerpo que se encorva sobre otro como si protegiera, como si cuidara, pero que en realidad, y esa es la sospecha, lo consume. En Vampyr, Munch no pinta la sangre, ni los colmillos, ni el horror. Pinta algo peor: la ambigüedad. Esa zona difusa donde el amor se convierte en amenaza y la caricia, en una forma más lenta de herida.

El cuadro es rojo, pero no como la sangre fresca, sino como la fiebre. Rojo como la memoria de un dolor, como el eco del deseo. La mujer inclina su rostro sobre el hombre —no sabemos si lo besa, si lo consuela, si lo muerde— y él, o bien se rinde, o bien ya no puede resistir. Su cabeza baja, sus hombros hundidos, su postura vencida, sugieren un abandono total. Pero no es un abandono voluntario. No hay placer. Hay algo más parecido al agotamiento de haber amado demasiado. O de haber sido amado por alguien que, sin quererlo, destruye.

Munch, como siempre, no ofrece respuestas. Deja que la pintura se vuelva pregunta, que el trazo se prolongue como si el pincel dudara también. ¿Quién es el vampiro aquí? ¿Ella, con su melena roja y su abrazo total, o él, que busca una forma de desaparecer dentro del otro? Porque a veces el vampirismo no es otra cosa que el deseo de ser absorbido. De dejar de tener contorno. De fundirse con el cuerpo del otro como si la identidad fuese una carga y el mordisco, una forma de descanso.

Y quizá por eso el cuadro permanece, y se queda con uno mucho después de haberlo mirado. Como un pensamiento que regresa, como una herida que no termina de cerrar, como una boca que —aún sin tocar— sigue extrayendo algo.

Vampiros en el Arte

Henry Fuseli 
The Nightmare 

Fuseli pintó esta escena como si hubiera visto en la imaginación lo que aún no se decía en voz alta: que el miedo no venía sólo de fuera, sino de dentro ...

William-Adolphe Bouguereau  
Dante y Virgilio

El cuadro representa a los condenados que Dante encuentra en el octavo círculo del Infierno, los falsificadores de alma, si seguimos la clasificación exacta. 

R. de Moraine 
Le Vampire 

Hay escenas que no representan un hecho, sino una forma de pensar el miedo, y acaso por eso duran más que los propios hechos que pretendían ilustrar ...

El Vampiro en el Arte
Con una prosa ensayística y evocadora, El vampiro en el arte explora cómo cada época ha proyectado en el vampiro sus obsesiones más íntimas: el cuerpo, la sexualidad, la enfermedad, el lujo, la decadencia, el doble, el deseo de inmortalidad y la inquietud ante lo que regresa. Más que estudiar un monstruo, este libro sigue el rastro de una presencia. Y al hacerlo, revela que toda imagen vampírica es también una confesión disfrazada de la cultura que la produce.

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