Edgar Allan Poe 
Morella (1835)

Hubo un tiempo en que Morella fue mi esposa, y quizás también mi maestra, aunque entonces yo no lo habría admitido, y ahora ya no lo sé. Era sabia, eso sí, o parecía serlo, y hablaba de cosas que excedían el entendimiento común, con una voz que a veces sonaba como venida de otro lugar, más allá de lo humano, más allá incluso de lo que debería ser deseable saber. La escuchaba con una mezcla de fascinación y de recelo, como se escucha a quienes nos resultan a la vez demasiado atractivos y difíciles de comprender. Y yo, que la amaba —o eso creía—, también la temía.

Uno no siempre sabe en qué momento empieza a odiar a quien ama. Porque el amor y el odio no son opuestos, como se cree con demasiada facilidad, sino que se alimentan el uno del otro, o incluso son la misma cosa bajo distintas formas. Y algo en Morella, quizá su certeza, su calma invulnerable, comenzó a despertarme una especie de repulsión. Como si ella supiera algo que yo no, algo definitivo, algo que ya no necesitaba aprender ni compartir. Y eso es intolerable cuando uno vive con alguien: que el otro no te necesite, ni siquiera para morir.

Cuando murió —porque murió—, lo hizo como había vivido: sin pedir nada, sin descomponerse, sin perder ni un gramo de su poder. Pero antes de morir, me dejó una hija. Una hija que no tenía nombre. Yo no se lo puse, no por olvido ni por negligencia, sino porque no encontraba uno que no me llevara, de un modo u otro, de vuelta a ella. No se puede nombrar a alguien cuando todas las palabras parecen ya pertenecer a otra. Así que creció sin nombre, como una extensión muda de la madre ausente.

Y sin embargo, se parecía. No físicamente, o no sólo: era algo en los ojos, en la manera de observarme, en el modo en que hablaba con pausas que no le correspondían a su edad. Como si recordara cosas que no había vivido, o como si llevara dentro una voz que no era suya. Y entonces ocurrió lo inevitable: la nombré. La llamé Morella. No sé por qué lo hice, si por error o por debilidad, o si porque en el fondo siempre supe que ese era su verdadero nombre.

Fue entonces cuando me miró con una intensidad que ya conocía. Y dijo, simplemente: “Yo soy Morella”. No como una niña que juega a imitar, sino como quien ha regresado de donde no se vuelve. Y yo —que no creo en la reencarnación, ni en los milagros, ni en nada que contradiga el orden precario de las cosas— no pude ya negarlo. Porque a veces el horror no está en lo inexplicable, sino en aquello que, siendo imposible, sin embargo es verdad.

El vampiro de Morella no es un monstruo exterior, sino una persistencia. Una voluntad que no muere porque no acepta morir. Una inteligencia que no se resigna a ser olvidada. Una memoria que se encarna de nuevo, no por venganza, sino por puro deseo de permanencia. Y en ese regreso —que no es carnal, pero sí total— hay más violencia que en cualquier ataque físico. Porque el vampiro aquí no se alimenta de sangre, sino del lugar que usurpa: el del presente que no puede liberarse del pasado.

Morella vuelve. No como espectro, sino como hija. No como castigo, sino como presencia inevitable. Y lo que Poe plantea, con ese tono ambiguo que nunca da respuestas, es si acaso hay muertes que no son definitivas no por razones mágicas, sino porque los vivos —nosotros— no sabemos soltarlas del todo. Porque seguimos amándolas, o temiéndolas, o necesitándolas, incluso cuando ya no están. Y entonces, regresan.

Vampiros en el Arte

Henry Fuseli 
The Nightmare 

Fuseli pintó esta escena como si hubiera visto en la imaginación lo que aún no se decía en voz alta: que el miedo no venía sólo de fuera, sino de dentro ...

William-Adolphe Bouguereau  
Dante y Virgilio

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R. de Moraine 
Le Vampire 

Hay escenas que no representan un hecho, sino una forma de pensar el miedo, y acaso por eso duran más que los propios hechos que pretendían ilustrar ...

El Vampiro en el Arte
Con una prosa ensayística y evocadora, El vampiro en el arte explora cómo cada época ha proyectado en el vampiro sus obsesiones más íntimas: el cuerpo, la sexualidad, la enfermedad, el lujo, la decadencia, el doble, el deseo de inmortalidad y la inquietud ante lo que regresa. Más que estudiar un monstruo, este libro sigue el rastro de una presencia. Y al hacerlo, revela que toda imagen vampírica es también una confesión disfrazada de la cultura que la produce.

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