E.T.A. Hoffmann
Vampirismus (1821)
Se hablaba de una joven, de una tal Antoinette, o Antonie, los nombres cambian según quién los diga o los recuerde, y a veces lo que cambia con el nombre es el recuerdo mismo, como si uno no pudiera fiarse del todo de lo que cree haber sabido siempre. Era bella, eso se decía, aunque eso tampoco importa, o no del todo. Porque la belleza no tiene que ver con los rasgos, ni siquiera con la expresión, sino con la manera en que permanece en uno incluso cuando ya no se la tiene delante. Y lo cierto es que ella permanecía.
Lo extraño fue que quienes la conocieron murieron. No inmediatamente, no de forma violenta, no con sangre ni gritos ni escenas espectaculares. Murieron como si hubieran sido despojados de algo esencial, como si su vida les hubiera sido lentamente sustraída sin que nadie pudiera advertir en qué momento exacto comenzó la pérdida. Y eso es más inquietante, más perturbador que cualquier mordisco o herida visible. Porque lo que no se ve, lo que no se puede señalar con el dedo, es lo que más nos desarma.
Antoinette no hacía nada, o eso parecía. No perseguía, no acechaba, no se escondía ni se revelaba. Estaba. Y en ese estar, en esa sola presencia, ocurría algo que los demás no sabían explicar, pero que sabían sufrir. Y yo me pregunto —porque uno se pregunta cosas cuando no entiende, y también cuando empieza a entender demasiado— si no es eso el verdadero vampirismo: no el acto de chupar sangre, sino el de ocupar lentamente un lugar en el pensamiento del otro, hasta hacerlo dependiente, hasta dejarlo vacío si uno se va.
Hoffmann no escribe con temor, sino con duda. No denuncia al vampiro, sino que lo interroga. Se pregunta, sin decirlo del todo, si acaso no hay personas que absorben algo más que la atención o el afecto, algo que se parece al tiempo, al ánimo o al alma misma. Personas cuya sola existencia, sin agresión ni culpa, termina por hacer menguar la de quienes las rodean. ¿Y cómo se lucha contra eso, si no hay crimen, si no hay intención, si lo que ocurre sucede sin que nadie lo quiera del todo?
Los personajes del relato, hombres de ciencia y lógica, lo discuten como si fuera un caso más. Buscan pruebas, datos, hipótesis. Pero mientras tanto, mientras hablan y se convencen de su propia inteligencia, algo en ellos ya ha comenzado a ceder, una leve fatiga, una sombra en los pensamientos, una dificultad para recordar qué era lo que los hacía ser ellos mismos antes de conocerla. Porque hay personas que, al irse, no dejan la casa vacía, sino a uno.
Vampirismus no es una historia de horror, o no solo. Es una historia sobre el deseo de comprender lo incomprensible, y sobre cómo ese deseo, si se prolonga demasiado, puede desgastar a quien lo sostiene. La muerte en el cuento no es brutal, sino sutil. Como el amor mal entendido. Como el duelo que no se acaba. Como la sensación de que algo nos ha sido quitado sin que tengamos el lenguaje para decir qué.
Y quizás por eso no se olvida. Porque hay vampiros que no viven en los cementerios, sino en la conciencia. Vampiros que no atacan, pero que permanecen. Vampiros que no se nombran, pero que exigen ser pensados. Y ese pensamiento, ese esfuerzo por entenderlos, es lo que nos consume.
Vampiros en el Arte
Henry Fuseli
The Nightmare
Fuseli pintó esta escena como si hubiera visto en la imaginación lo que aún no se decía en voz alta: que el miedo no venía sólo de fuera, sino de dentro ...
William-Adolphe Bouguereau
Dante y Virgilio
El cuadro representa a los condenados que Dante encuentra en el octavo círculo del Infierno, los falsificadores de alma, si seguimos la clasificación exacta.
R. de Moraine
Le Vampire
Hay escenas que no representan un hecho, sino una forma de pensar el miedo, y acaso por eso duran más que los propios hechos que pretendían ilustrar ...
Con una prosa ensayística y evocadora, El vampiro en el arte explora cómo cada época ha proyectado en el vampiro sus obsesiones más íntimas: el cuerpo, la sexualidad, la enfermedad, el lujo, la decadencia, el doble, el deseo de inmortalidad y la inquietud ante lo que regresa. Más que estudiar un monstruo, este libro sigue el rastro de una presencia. Y al hacerlo, revela que toda imagen vampírica es también una confesión disfrazada de la cultura que la produce.




