Dom Augustin Calmet 
Traité sur les apparitions des esprits et des vampires (1746)

Algunos escriben para explicar, y hay quienes escriben para acumular, como si el peso de los ejemplos pudiera sustituir al argumento. Calmet, monje benedictino y erudito metódico, no se presenta como creyente ni como escéptico, sino como archivista del asombro, como quien no busca negar ni confirmar, sino simplemente no olvidar. Su Traité sur les apparitions des esprits et des vampires no es una obra de síntesis, ni de tesis: es un catálogo. Un inventario del desconcierto. Un compendio en el que lo importante no es la conclusión, sino el gesto de conservar, de dejar constancia.

Hay algo monástico en esa operación. No tanto por el hábito del autor, sino por su estilo: la repetición sin agotamiento, la fe en la copia, en la cita, en la continuidad de lo transmitido. Calmet no intenta resolver el misterio, sino que lo documenta como si fuera una reliquia: lo rodea de palabras, lo embalsama con márgenes, lo viste con referencias eruditas. Y al hacerlo, lo salva. Porque aquello que se anota, aunque sea dudoso, deja de desvanecerse.

A diferencia de otros autores de su siglo, que combaten la superstición como si se tratara de una infección, Calmet no parece temerle del todo. La observa. La deja hablar. A veces se distancia, pero rara vez se burla. El vampiro, para él, no es solo un muerto que regresa, sino un relato que insiste, una figura que sobrevive no en los cementerios sino en las narraciones que se repiten con ligeras variaciones, como letanías que nadie quiere cortar. Y entonces, en vez de negarlo o combatirlo, decide archivarlo. Darle un lugar. Asignarle una celda en su gran biblioteca del asombro.

Su tratado no elimina la inquietud. La encuadra. Y en ese encuadre, el vampiro —esa criatura entre la teología y la fisiología, entre la tumba y el alma— adquiere otra forma de existencia: la existencia textual. Vive porque se le transcribe. Sobrevive porque se le recopila. No es que Calmet crea en él —quizá no, quizá sí—, es que entiende que lo que resiste al olvido tiene una fuerza mayor que lo que puede explicarse.

Quizá por eso su Traité no busca resolver el enigma, sino dejarlo intacto para los siglos futuros. Con una prosa sin urgencias, casi sin emociones, Calmet se convierte en el cronista de lo que no quiere ser explicado. En lugar de exorcizar al vampiro, lo documenta con esmero. No intenta cerrar la herida, sino describir sus bordes. Y ese gesto, tan modesto en apariencia, es también una forma de resistencia: una negativa tranquila a permitir que lo extraño sea borrado por lo razonable.

Calmet no quiere eliminar el miedo, quiere conservarlo en frascos de vidrio, rotulado, fechado, citado. Y así, sin proponérselo, su tratado se convierte en una biblioteca del espanto donde el lector no se siente guiado, sino abandonado en un laberinto sin salida clara. Como quien entra a un archivo esperando encontrar la respuesta, y solo halla más papeles, más nombres, más casos.

Y quizás —solo quizás— eso sea lo que convierte a esta obra en un hito. No porque aclare, sino porque acepta no aclarar. No porque explique, sino porque transcribe. Y al transcribir, mantiene vivo no solo al vampiro, sino a todo aquello que no puede ser dicho sin temor, ni completamente silenciado sin daño.

Vampiros en el Arte

Henry Fuseli 
The Nightmare 

Fuseli pintó esta escena como si hubiera visto en la imaginación lo que aún no se decía en voz alta: que el miedo no venía sólo de fuera, sino de dentro ...

William-Adolphe Bouguereau  
Dante y Virgilio

El cuadro representa a los condenados que Dante encuentra en el octavo círculo del Infierno, los falsificadores de alma, si seguimos la clasificación exacta. 

R. de Moraine 
Le Vampire 

Hay escenas que no representan un hecho, sino una forma de pensar el miedo, y acaso por eso duran más que los propios hechos que pretendían ilustrar ...

El Vampiro en el Arte
Con una prosa ensayística y evocadora, El vampiro en el arte explora cómo cada época ha proyectado en el vampiro sus obsesiones más íntimas: el cuerpo, la sexualidad, la enfermedad, el lujo, la decadencia, el doble, el deseo de inmortalidad y la inquietud ante lo que regresa. Más que estudiar un monstruo, este libro sigue el rastro de una presencia. Y al hacerlo, revela que toda imagen vampírica es también una confesión disfrazada de la cultura que la produce.

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