Uriah Derick D'Arcy
The Black Vampyre (1819)
Existen relatos que no se entienden del todo hasta mucho después. Hasta que uno ha vivido lo suficiente como para saber que lo que parecía insólito era, en realidad, adelantado, o más bien ajeno a su tiempo. The Black Vampyre, publicado en 1819 —el mismo año que The Vampyre de Polidori—, no fue leído entonces como lo que realmente es: una anomalía que revela mucho más de lo que su brevedad permitiría suponer. Tal vez por eso ha sido ignorado, o al menos relegado a los márgenes. Porque decía demasiado.
El relato comienza como tantas otras narraciones góticas: con la aparición de un ser extraño, nocturno, seductor y amenazante. Pero lo que hace D'Arcy —quien firma con seudónimo y cuya identidad aún es discutida— es invertir todos los códigos. El vampiro no es europeo, ni blanco, ni aristocrático. Es negro. Es un esclavo liberado. Y esa inversión lo cambia todo. Porque el vampiro ya no representa la decadencia de la nobleza, sino la venganza de los desposeídos. El regreso de lo reprimido.
Lo que inquieta no es la criatura, sino lo que representa. El vampiro no aparece como un ser maldito, sino como alguien que ha sido transformado por la violencia. No nació monstruo: lo hicieron así. Lo condenaron a una existencia entre sombras, y ahora regresa para decir que la oscuridad no lo ha derrotado, sino reforzado. El vampiro, aquí, no es el enemigo de la vida, sino el producto de una muerte repetida.
D'Arcy escribe con ironía, con provocación. Introduce elementos de sátira política, de parodia religiosa, de crónica social. Y lo hace sin renunciar al delirio romántico, a la teatralidad gótica, a la exageración que tanto incomoda a los escépticos. Pero debajo de todo eso —de los bailes de medianoche, de los diálogos sobrenaturales, de la resurrección final— hay una herida. La herida del cuerpo colonizado. La sangre que se extrae no por hambre, sino porque fue derramada antes.
The Black Vampyre es, en realidad, una venganza disfrazada de cuento. Y como toda venganza bien escrita, no busca alivio. Busca memoria.
Heinrich August Ossenfelder
Der Vampir (1748)
Algunos textos sobreviven no porque hayan sido leídos con atención, sino porque se los cita, se los recuerda mal, o simplemente porque abrieron una puerta por la que luego pasaron otros más célebres.
Johann Wolfgang von Goethe
Die Braut von Korinth (1797)
Algunas promesas no se pronuncian en voz alta, pero pesan más que aquellas que se sellan ante testigos.

Robert Southey
Thalaba the Destroyer (1801)
En Thalaba the Destroyer, publicado en 1801, Robert Southey no pretendía escribir sobre vampiros, ni mucho menos añadir otro ejemplar a la galería ya nutrida de lo monstruoso.
Literatura de vampiros en los siglos XVIII y XIX es una exploración literaria y cultural de los orígenes del vampiro en la literatura europea, desde las primeras apariciones poéticas del siglo XVIII hasta su consolidación como figura central del imaginario gótico en el siglo XIX. El libro recorre poemas, relatos y novelas de autores como Heinrich August Ossenfelder, Goethe, Coleridge, Byron, Polidori, Nodier, Mary Shelley, Keats, Hoffmann, Poe o Gogol, mostrando cómo el vampiro pasó de ser una superstición popular a convertirse en un símbolo complejo del deseo, la muerte, la memoria y la obsesión humana.



