Curieuse Relation… (1732) 
W. S. G. E.

Uno se engaña si cree que al escribir sobre algo lo apresa o lo ordena, como si la mera puesta en palabras bastara para resolver lo que perturba. Uno se engaña, también, si supone que lo contado se aquieta tras ser narrado, que la historia, al ser dicha, pierde parte de su amenaza o de su misterio, y se vuelve algo así como un hecho aceptable, tolerable o al menos comprensible. La Curieuse Relation, publicada en 1732 por un tal W. S. G. E., nos recuerda —si es que alguna vez lo supimos— que hay relatos que, por más que se documenten, no se aclaran, y que incluso cuando se presentan con el tono desapasionado de la crónica objetiva, siguen conteniendo algo que no se deja clausurar.

No sabemos nada del autor, ni siquiera si esas siglas encubren a alguien importante o a un escribano menor, un recopilador de materiales ajenos que no hizo sino poner en orden, o en el orden que pudo, lo que otros decían haber visto. Y sin embargo, su texto fue una de las primeras apariciones públicas del vampiro, no el literario, no el que seduce o muerde con estilo, sino el muerto que no quiere morir, o que no puede, o que lo intenta y fracasa. No un personaje de ficción, sino un caso. Y no un caso entre muchos, sino varios, conectados por un mismo aire de duda persistente. Medveđa, Serbia. Año incierto. Cuerpos enterrados que no se pudren, que aparecen con los ojos abiertos, con sangre fresca en las venas, con señales de vida en su muerte. Personas que mueren tras soñar que han sido atacadas. Familiares que acusan al recién fallecido de no haberse quedado quieto en su tumba. Exhumaciones, autopsias y miedo.

Pero lo que resulta más fascinante —y a la vez más incómodo— no es el contenido en sí, por más perturbador que sea, sino la forma en que se presenta. El autor no se deja llevar por el asombro, ni por el pánico, ni siquiera por la superstición. Habla con tono neutro, como si tratara de no implicarse en lo que está diciendo. Cuenta lo que otros han contado, repite lo que han declarado los testigos, detalla lo que se observó al abrir los ataúdes. Y sin embargo, en ese esfuerzo por mantener la compostura, por no parecer crédulo ni emocionado, hay algo que lo traiciona: la acumulación. Porque cuando un hecho insólito se presenta una vez, puede ser un error, una exageración. Cuando se presenta dos veces, ya produce inquietud. Pero cuando se repite, y además en un contexto en el que las autoridades civiles y eclesiásticas intervienen, el relato empieza a pesar. No por lo que dice, sino por lo que no puede resolver.

El texto se convierte entonces en una especie de inventario del desconcierto, una relación de aquello que ha sido visto pero que no encaja en ninguna categoría estable. Los médicos observan cadáveres intactos, aún templados, aún sangrantes, días o semanas después del entierro. Los vecinos insisten en que esos muertos han regresado por las noches. Algunos aseguran haberlos visto, otros solo los sienten. La autoridad actúa: se permite la exhumación, se consulta a la Iglesia, se decreta la decapitación o la quema del cuerpo. Todo se hace según las reglas, y sin embargo, lo que queda no es la paz, sino una sensación de que algo sigue suelto. No una criatura, sino una pregunta.

Y es que la Curieuse Relation no ofrece solución. No niega, pero tampoco afirma. Se limita a presentar. Se podría pensar que su propósito era tranquilizar a la opinión pública, poner orden en la imaginación popular, racionalizar el miedo. Pero lo cierto es que no lo logra, y acaso ni lo intenta. Porque al final, uno siente que el autor no sabe qué pensar, que se ha limitado a escribir para no tener que decidir. Y al hacerlo, al adoptar ese tono de aparente neutralidad, consigue algo más inquietante: que el lector tampoco sepa qué pensar, y que al terminar de leer no se sienta más seguro, sino más expuesto.

Ese es el verdadero poder del texto: no convertir el misterio en certeza, sino convertir la certeza en un nuevo misterio. Uno empieza creyendo que está leyendo un documento, un testimonio de época, y acaba sospechando que el documento es más peligroso que la leyenda. Porque si alguien, en 1732, escribió todo eso sin proponerse hacer literatura, si alguien relató con esa precisión lo que había visto o recogido, y lo dejó sin cerrar, sin juzgar, sin reírse ni escandalizarse, entonces no estamos ante un mito, sino ante algo peor: una historia sin resolución; un espectro archivado.

Y lo más inquietante es que el texto sigue ahí. No como prueba de que los vampiros existen, sino como prueba de que hay cosas que no podemos descartar del todo. Cosas que, aunque no las aceptemos, tampoco sabemos borrar. Y que cada vez que alguien vuelve a leer esa Curieuse Relation, cada vez que sus frases vuelven a circular, lo inexplicable se insinúa de nuevo, como una bruma que nunca se levanta del todo, como una presencia que no reclama ser creída, sino solo ser leída otra vez.

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