Samuel Taylor Coleridge 
Christabel (1816)

En Christabel (1816), Samuel Taylor Coleridge presenta una de las figuras más inquietantes y ambiguas del siglo XIX, cuyo eco resonaría en la literatura gótica posterior. El poema, que se extiende a través de dos fragmentos, combina el horror sobrenatural con la tensión erótica y el misterio psicológico. Aunque no es un relato clásico de vampirismo en el sentido literal de la figura del chupasangre, la obra de Coleridge emplea un elemento vampírico a través de la figura de Geraldine, quien podría considerarse una figura vampírica femenina. En este sentido, se aleja del vampiro tradicional para explorar los límites de lo sobrenatural y la seducción oscura.

La historia sigue a Christabel, una joven noble, que, mientras pasea por el bosque, encuentra a Geraldine, una mujer misteriosa que parece haber sido víctima de un ataque. Geraldine se refugia en la casa de Christabel, donde la relación entre ambas mujeres se desarrolla de forma cada vez más inquietante. A lo largo del poema, se establece que Geraldine es más de lo que parece, y la transformación de Christabel bajo su influencia es uno de los elementos más perturbadores. A medida que el relato avanza, se revela que Geraldine es una figura sobrenatural que está asociada con el mal, y que su llegada a la vida de Christabel no tiene la finalidad de sanar, sino de poseer y controlar.

El vampirismo en Christabel no se manifiesta de forma directa en el consumo de sangre, sino que se percibe en la asfixiante influencia de Geraldine, cuya presencia extrae poco a poco la vitalidad de Christabel. Este poder no es solo físico; es más bien emocional y psíquico, lo que hace que el poema sea una meditación sobre las tensiones entre el deseo y el miedo, el bien y el mal, la pureza y la corrupción. Geraldine, al igual que un vampiro clásico, se alimenta no solo de la sangre, sino de las emociones, los deseos reprimidos y los temores de su víctima.

Lo que hace único a este poema, y lo que diferencia la figura vampírica en Christabel de otros relatos góticos contemporáneos, es la manera en que Coleridge explora la ambigüedad del monstruo. Geraldine, aunque es claramente una figura maligna, no está definida de manera simplista. Su maldad no proviene solo de la magia o el poder sobrenatural, sino de la manera en que se infiltra en la vida emocional de Christabel. La vampírica figura de Geraldine no solo es un monstruo en el sentido físico, sino una representación de los deseos prohibidos y las emociones ocultas que desestabilizan a Christabel. A través de esta interacción, Coleridge crea una atmósfera de terror psicológico que se extiende más allá del cuerpo y se adentra en lo psíquico, mostrando cómo el vampirismo puede ser una fuerza que corrompe no solo lo físico, sino lo espiritual y emocional.

El tema de la seducción es central en la historia. Aunque el vampirismo de Geraldine no se traduce en la típica imagen del vampiro chupasangre, sí refleja el poder de una figura que es capaz de seducir y subyugar a la víctima con su presencia. Es una seducción más psicológica que física, y en este sentido, Christabel explora los límites de lo sobrenatural y lo erótico sin caer en la explícita violencia que caracterizaría al vampiro en relatos posteriores.

La narrativa fragmentaria de Christabel es otro elemento que contribuye a su atmósfera de misterio y ambigüedad. Coleridge deja muchos cabos sueltos, lo que permite que el lector complete los vacíos y explore las dudas y miedos de los personajes. Esta falta de resolución completa genera un sentimiento de inquietud, dejando abierta la posibilidad de que Geraldine sea tanto una figura sobrenatural como un símbolo de las emociones humanas más profundas que emergen en momentos de desesperación y deseo no resuelto.

En resumen, Christabel presenta a la vampírica Geraldine como una figura compleja que trasciende la imagen tradicional del vampiro. En lugar de ser simplemente un ser maligno que se alimenta de sangre, Geraldine es una manifestación literaria de los deseos reprimidos, los temores internos y las tensiones entre el deseo y la culpa. Coleridge utiliza la figura del vampiro no solo como una amenaza sobrenatural, sino como un medio para explorar las dilemas psicológicos y emocionales que nos acechan cuando nos enfrentamos a las pasiones humanas más oscuras.

Heinrich August Ossenfelder 
Der Vampir (1748)

Algunos textos sobreviven no porque hayan sido leídos con atención, sino porque se los cita, se los recuerda mal, o simplemente porque abrieron una puerta por la que luego pasaron otros más célebres.

Johann Wolfgang von Goethe 
Die Braut von Korinth (1797)

Algunas promesas no se pronuncian en voz alta, pero pesan más que aquellas que se sellan ante testigos. 

Robert Southey 
Thalaba the Destroyer (1801)

En Thalaba the Destroyer, publicado en 1801, Robert Southey no pretendía escribir sobre vampiros, ni mucho menos añadir otro ejemplar a la galería ya nutrida de lo monstruoso. 

Literatura de vampiros en los siglos XVIII y XIX
Literatura de vampiros en los siglos XVIII y XIX es una exploración literaria y cultural de los orígenes del vampiro en la literatura europea, desde las primeras apariciones poéticas del siglo XVIII hasta su consolidación como figura central del imaginario gótico en el siglo XIX. El libro recorre poemas, relatos y novelas de autores como Heinrich August Ossenfelder, Goethe, Coleridge, Byron, Polidori, Nodier, Mary Shelley, Keats, Hoffmann, Poe o Gogol, mostrando cómo el vampiro pasó de ser una superstición popular a convertirse en un símbolo complejo del deseo, la muerte, la memoria y la obsesión humana.

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