Christoph Demelius
Philosophischer Versuch… (1732)
A menudo olvidamos que pensar no siempre es entender. Que reflexionar —por muy elaborado que sea el sistema que uno esgrima, por muy afinados los conceptos, por muy ordenadas las premisas— no garantiza la comprensión, ni mucho menos el cierre. Pensar puede ser, en muchas ocasiones, un modo más sofisticado de fracasar. Y eso es lo que sucede, de manera tan nítida y reveladora, en el Philosophischer Versuch über den Vampyrismus, publicado por Christoph Demelius en ese mismo año de 1732 en el que Europa parecía no hablar de otra cosa que de vampiros, como si el siglo de la razón hubiese encontrado su verdadero límite en unos cadáveres que se negaban a comportarse como tales.
Demelius no era un fabulador ni un crédulo. Era un hombre de ciencia, de método, un pensador que quería ver claro, que creía —como creyeron tantos otros— que el mundo es legible y que, si hay un desorden, es porque aún no se ha encontrado la ley que lo regula. Y por eso su ensayo filosófico sobre el vampirismo no es una narración de hechos, ni una colección de testimonios, ni siquiera una denuncia del mito: es una tentativa —seria, rigurosa, elegante— de encajar lo monstruoso en lo razonable. De explicar, con paciencia y argumentos, por qué lo que parece anómalo no lo es tanto. O no debería serlo.
El vampirismo, nos dice Demelius, podría ser entendido como un fenómeno natural, resultado de condiciones mal conocidas, o de dolencias que la medicina de su tiempo aún no sabía describir con precisión. Tal vez los cuerpos hallados con sangre fresca no estaban del todo muertos. Tal vez las señales que se interpretaban como sobrenaturales eran meros efectos de procesos biológicos incompletos, de la putrefacción interrumpida, de la catalepsia mal diagnosticada, de la sugestión colectiva, de las enfermedades nerviosas que alteran la percepción. Todo puede tener una causa, si se observa bien. Todo puede —debe— tener una causa.
Y, sin embargo, a medida que uno avanza por las páginas del tratado, comienza a sentir lo contrario. No por lo que Demelius diga, sino por lo que su texto deja ver: que cuanto más se argumenta, más lejos parece estar la solución. Que cada intento de reducir el fenómeno a lo conocido añade nuevas complicaciones. Que cuanto más razonado el análisis, más evidente se hace que la razón no alcanza. Y entonces el lector percibe que ese versuch, ese “intento filosófico”, es en realidad eso: un intento. No una conclusión, no una doctrina, sino un combate que el autor libra consigo mismo, con sus propias herramientas, sabiendo que el adversario no está fuera, sino dentro: en el agujero que deja todo lo que no se deja decir del todo.
Porque Demelius, en su deseo de ordenar, lo desordena. En su deseo de iluminar, subraya las sombras. En su afán por erradicar lo irracional, lo invoca sin saberlo. Y el resultado es que, sin querer, produce una obra que no calma, sino que inquieta; que no soluciona, sino que complica; que no cierra el expediente, sino que lo vuelve más espeso, más difícil de archivar. Como si su pensamiento, al girar en torno al vampiro, no lo alejara, sino que lo atrajera. Como si el pensamiento mismo, cuanto más exhaustivo, más lo convocara.
Y eso es lo más fascinante —y también lo más turbador— del tratado de Demelius: que al intentar encerrar el vampiro en una categoría médica o filosófica, termina reconociendo que no hay tal categoría que lo contenga. Que lo que define a ese fenómeno no es su morfología, ni su fisiología, ni su historia, sino su resistencia a ser explicado. Y que esa resistencia no es un defecto del pensamiento, sino su punto ciego, su herida original. Porque el vampiro no está ahí solo para asustar, ni siquiera para devorar: está ahí para mostrar que la razón tiene un límite. Que hay cosas que se pueden pensar, pero no comprender. Y que esas cosas —las que se dejan pensar pero no entender— son las que más nos perturban.
Así, el Philosophischer Versuch se convierte, sin quererlo del todo, en una confesión. En el reconocimiento de que incluso el pensamiento más lúcido tropieza. De que incluso la mente más clara puede quedar atrapada en el reflejo de lo que no puede descifrar. Y eso, quizás, sea lo que convierte al vampiro en una figura tan persistente: no su sed de sangre, no su inmortalidad, no su regreso, sino su capacidad de sobrevivir en la mente de quienes no creen en él, de seguir existiendo precisamente ahí donde se le niega.
Y uno acaba el libro de Demelius no con una respuesta, sino con una certeza más inquietante: que hay explicaciones que no explican. Y que pensar —como amar, como temer— no siempre sirve para alejar lo que se teme. A veces, lo vuelve más presente. Más real. Más inevitable.
Vampiros en el Arte
Henry Fuseli
The Nightmare
Fuseli pintó esta escena como si hubiera visto en la imaginación lo que aún no se decía en voz alta: que el miedo no venía sólo de fuera, sino de dentro ...
William-Adolphe Bouguereau
Dante y Virgilio
El cuadro representa a los condenados que Dante encuentra en el octavo círculo del Infierno, los falsificadores de alma, si seguimos la clasificación exacta.
R. de Moraine
Le Vampire
Hay escenas que no representan un hecho, sino una forma de pensar el miedo, y acaso por eso duran más que los propios hechos que pretendían ilustrar ...
Con una prosa ensayística y evocadora, El vampiro en el arte explora cómo cada época ha proyectado en el vampiro sus obsesiones más íntimas: el cuerpo, la sexualidad, la enfermedad, el lujo, la decadencia, el doble, el deseo de inmortalidad y la inquietud ante lo que regresa. Más que estudiar un monstruo, este libro sigue el rastro de una presencia. Y al hacerlo, revela que toda imagen vampírica es también una confesión disfrazada de la cultura que la produce.




