Christian Friedrich Garmann 
De miraculis mortuorum (1670)

En 1670, el médico y filósofo Christian Friedrich Garmann publicó una obra que, en apariencia, podría parecer una disertación técnica sobre los milagros post mortem, sobre las propiedades de los cuerpos muertos que no se corrompen, pero que esconde una cuestión mucho más sombría. En De miraculis mortuorum, Garmann se adentra en los detalles de cadáveres que desafían las leyes de la biología y la religión, que no se desintegran como deberían, que lloran, que parecen moverse, y en algunos casos, que incluso mastican la tierra en su tumba.

Es cierto que su obra tiene el carácter de un tratado racionalista: un intento por explicarlo todo, por colocar los prodigios de la muerte dentro de los márgenes de lo posible, lo razonable, lo explicable. Pero lo inquietante no es tanto el contenido en sí —si bien las descripciones de cuerpos incorruptos o cadáveres que no dejan de moverse son espeluznantes— sino la postura de Garmann, que, aunque es un hombre de ciencia, se siente como si hubiera sido tocado por algo fuera de su alcance.

La masticación de los muertos: esa es la piedra angular de su investigación. Los cadáveres que no se pudren, que no se disuelven, que siguen funcionando. ¿Qué significa esto? ¿Un error en las leyes naturales? ¿Un castigo divino, un remanente de lo incorruptible que la humanidad no ha podido comprender ni controlar? Garmann no responde. Solo describe. Su investigación no es un enfrentamiento con lo imposible, sino una aceptación de que lo imposible debe ser tratado con el mismo rigor que lo probable.

Lo extraño es que, en la mera observación clínica, Garmann deja en sus palabras la huella de una inquietud: la de un hombre que se adentra en un terreno peligroso, el de los muertos que no terminan de irse. Lo que describe podría ser entendido como un fallido intento de la naturaleza por corregir su propio curso, pero también podría ser algo más: la posibilidad de que el orden natural, al igual que el orden espiritual, esté desbordado, fragmentado.

Garmann no propone soluciones, no busca explicaciones definitivas, pero al hacerlo, nos muestra que el horror no está en lo que sabemos, sino en lo que seguimos ignorando, en las partes del cuerpo y del alma que se resisten al olvido y a la descomposición, y que, al hacerlo, nos arrastran a una pregunta sin respuesta.

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