Charles R. Maturin 
El relato de la familia de Guzmán (c. 1840)

Lo peor que puede heredarse no es el dinero, ni el título, ni siquiera la culpa concreta —esa que puede confesarse, documentarse, expiarse en alguna forma. Lo peor que se hereda, y Maturin lo sabe mejor que nadie, es la sombra. Lo que va de generación en generación sin nombre, sin forma jurídica, sin posibilidad de ruptura, como si la sangre —la que nos corre por dentro y la que alguna vez fue derramada— no pudiera más que repetirse.

En El relato de la familia de Guzmán, lo monstruoso no llega desde fuera, no es un forastero ni un espectro ni un vampiro extranjero. Está en la casa. Está en la sangre. Está en la mirada de quienes llevan el apellido. No se lo puede señalar, porque no hay colmillos ni cadáveres frescos, pero está. Se hereda, se calla, se teme. Y se transmite. Lo que se repite en los Guzmán no es exactamente un crimen, ni una maldición concreta: es una propensión a lo oscuro, una inclinación que no se elige, que se sufre, y que a veces se ejerce sin saberlo.

El narrador —que podría ser cualquiera de nosotros, por eso resulta tan inquietante— entra en la historia como testigo externo, como observador racional, incluso curioso. Pero pronto descubre que la familia que observa no necesita ser explicada ni salvada. Necesita ser evitada. Porque los Guzmán no están enfermos, ni malditos: simplemente están poseídos por su propia memoria. Por su propia sangre. Y eso no tiene cura.

El relato de la familia de Guzmán se despliega como una advertencia demasiado tardía. Nadie muere de forma dramática. No hay tumbas profanadas ni castillos lúgubres. Lo que hay es algo peor: una normalidad corrompida. Un linaje que se ha vaciado por dentro, como esas casas nobles que aún conservan los retratos pero han perdido el alma. Y en ese vacío, en ese hueco sin nombre, se instala lo vampírico. No como figura, sino como destino.

Maturin no necesita que sus personajes muerdan a nadie. Basta con que recuerden. Basta con que tengan hijos. Porque los hijos, en su relato, no son redención sino repetición. Y eso es lo más trágico de todo: que incluso quienes no quieren continuar, lo hacen. Que incluso quienes dudan, terminan cediendo. Porque el apellido arrastra. Porque la sangre insiste.

Y uno se pregunta, al cerrar el relato, si no hay familias así a nuestro alrededor, o si no somos parte de una. Si no hay una forma de vampirismo silencioso, hereditario, que se transmite con los gestos, con las palabras no dichas, con los pactos de silencio. Un vampirismo que no mata, pero que impide vivir del todo.

Vampiros en el Arte

Henry Fuseli 
The Nightmare 

Fuseli pintó esta escena como si hubiera visto en la imaginación lo que aún no se decía en voz alta: que el miedo no venía sólo de fuera, sino de dentro ...

William-Adolphe Bouguereau  
Dante y Virgilio

El cuadro representa a los condenados que Dante encuentra en el octavo círculo del Infierno, los falsificadores de alma, si seguimos la clasificación exacta. 

R. de Moraine 
Le Vampire 

Hay escenas que no representan un hecho, sino una forma de pensar el miedo, y acaso por eso duran más que los propios hechos que pretendían ilustrar ...

El Vampiro en el Arte
Con una prosa ensayística y evocadora, El vampiro en el arte explora cómo cada época ha proyectado en el vampiro sus obsesiones más íntimas: el cuerpo, la sexualidad, la enfermedad, el lujo, la decadencia, el doble, el deseo de inmortalidad y la inquietud ante lo que regresa. Más que estudiar un monstruo, este libro sigue el rastro de una presencia. Y al hacerlo, revela que toda imagen vampírica es también una confesión disfrazada de la cultura que la produce.

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