Charles Nodier 
El vampiro Harppe (1830)

Se llamaba Harppe, o así lo nombraban en los rumores, que son siempre más ciertos que las crónicas oficiales y más inciertos que la verdad. Harppe no era exactamente un hombre, aunque lo pareciera, y eso es lo más peligroso de todo: que las cosas más letales no se distingan a simple vista de lo cotidiano, de lo que uno reconoce como humano, amable incluso, digno de admiración o de simpatía.

Era, según decían, culto, afable, de palabra elegante y presencia inquietante, pero no por lo siniestra, sino por lo atrayente. Lo peligroso de Harppe no era lo que hacía, sino lo que provocaba. No mordía, no se deslizaba por las sombras ni se transformaba en humo o en murciélago, como después imaginaría el folklore más perezoso. Harppe simplemente hablaba. Observaba. Escuchaba. Y quienes le escuchaban no volvían a ser los mismos, aunque no supieran explicar por qué.

Nodier, que fue siempre más sutil que sus contemporáneos, entendió que el vampiro no necesita sangre para existir, ni siquiera necesita cuerpo. Basta con que exista en el pensamiento de los demás, como imagen, como enigma, como fascinación inagotable. Y eso era Harppe: una figura que despertaba en los otros un deseo sin forma, un deseo de seguir viéndole, de comprenderle, de ser comprendidos por él, como si su atención fuera un privilegio del que no se quisiera prescindir nunca más.

Y, sin embargo, los que lo frecuentaban enfermaban. No de fiebre ni de peste, sino de ausencia de sí mismos. Como si poco a poco fueran cediendo al influjo de algo mayor, o menor, pero más firme. Como si Harppe, sin querer —o tal vez queriendo, pero sin esfuerzo— les quitara no la vida, sino la voluntad. Esa forma de estar en el mundo que nos define y que, cuando mengua, nos convierte en figurantes de nuestra propia existencia.

El vampiro Harppe no es un cuento de terror, ni siquiera un relato sobrenatural en el sentido tradicional. Es, más bien, una advertencia velada: sobre el poder de la palabra, sobre el deseo de ser escuchado, sobre la vulnerabilidad de quien confunde la admiración con la entrega. Harppe no mata, no se ensaña, no maldice. Pero tampoco se va. Permanece, como permanecen ciertos recuerdos que ya no nos pertenecen pero que nos siguen poseyendo.

Así lo entendió Nodier: que el verdadero vampiro es el que logra instalarse en nuestra memoria con más fuerza que los vivos, el que no necesita tumba porque habita en nuestro pensamiento, y el que no pide sangre porque le basta con que pensemos en él incluso cuando creemos haberlo olvidado.

Vampiros en el Arte

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The Nightmare 

Fuseli pintó esta escena como si hubiera visto en la imaginación lo que aún no se decía en voz alta: que el miedo no venía sólo de fuera, sino de dentro ...

William-Adolphe Bouguereau  
Dante y Virgilio

El cuadro representa a los condenados que Dante encuentra en el octavo círculo del Infierno, los falsificadores de alma, si seguimos la clasificación exacta. 

R. de Moraine 
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Hay escenas que no representan un hecho, sino una forma de pensar el miedo, y acaso por eso duran más que los propios hechos que pretendían ilustrar ...

El Vampiro en el Arte
Con una prosa ensayística y evocadora, El vampiro en el arte explora cómo cada época ha proyectado en el vampiro sus obsesiones más íntimas: el cuerpo, la sexualidad, la enfermedad, el lujo, la decadencia, el doble, el deseo de inmortalidad y la inquietud ante lo que regresa. Más que estudiar un monstruo, este libro sigue el rastro de una presencia. Y al hacerlo, revela que toda imagen vampírica es también una confesión disfrazada de la cultura que la produce.

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