Charles Nodier
Infernaliana (1822)
Algunos libros no son libros, sino gabinetes de sombras. Infernaliana es uno de ellos. Un catálogo de historias breves, a veces mínimas, que no pretende instruir ni deleitar, sino despertar algo más inquietante: la sensación de que vivimos acompañados, de que lo que creemos olvidado o imposible aún nos mira. Como esas siluetas que uno jura haber visto de reojo y que no están cuando se vuelve la cabeza. Como los pensamientos que no se tienen, sino que se reciben.
Nodier, que fue tantas cosas —romántico, bibliotecario, sabio disperso y coleccionista de imposibles— escribe aquí como quien habla en voz baja en una sala con ecos. Reúne historias de aparecidos, de resucitados, de vampiros que no siempre llevan ese nombre pero que actúan igual. Cuerpos que regresan, sí, pero no con violencia. Regresan con la calma de lo inevitable. Con la delicadeza de lo ya sabido. No necesitan golpear puertas ni romper ventanas: han estado siempre allí.
Infernaliana no tiene unidad ni argumento. Es una colección desordenada, casi caprichosa. Pero ahí radica su poder: en la falta de jerarquía entre lo insólito y lo banal. Un ataúd que se abre solo. Una figura que atraviesa paredes. Una mujer que regresa a la cama de su marido sin que él note la diferencia. Lo extraordinario no se presenta con solemnidad, sino como parte de la vida común. Y eso, tal vez, es lo que hace que uno empiece a dudar de su propio día a día.
Los vampiros que aparecen —porque aparecen, aunque a veces no se les dé nombre— no tienen la teatralidad que tendrían después, no lucen capa ni tienen castillo. Pero ejercen su poder. Son cadáveres que respiran. Son bocas que no se cierran. Son la persistencia de lo que debía terminar. Y eso, en última instancia, los vuelve más reales. Porque la muerte no siempre concluye. A veces se prolonga.
Infernaliana es un repertorio de avisos. No de advertencias, que son más ruidosas, sino de indicios. Como si Nodier quisiera recordarnos, con voz antigua y un poco burlona, que el mundo está lleno de cosas no resueltas. Que no todo lo que se entierra deja de crecer. Que el silencio también tiene ecos, y que algunos de esos ecos tienen nombre. O sed.
Y uno, después de leerlo, ya no cierra del todo la puerta por la noche. O lo hace dos veces. Por si acaso.
Vampiros en el Arte
Henry Fuseli
The Nightmare
Fuseli pintó esta escena como si hubiera visto en la imaginación lo que aún no se decía en voz alta: que el miedo no venía sólo de fuera, sino de dentro ...
William-Adolphe Bouguereau
Dante y Virgilio
El cuadro representa a los condenados que Dante encuentra en el octavo círculo del Infierno, los falsificadores de alma, si seguimos la clasificación exacta.
R. de Moraine
Le Vampire
Hay escenas que no representan un hecho, sino una forma de pensar el miedo, y acaso por eso duran más que los propios hechos que pretendían ilustrar ...
Con una prosa ensayística y evocadora, El vampiro en el arte explora cómo cada época ha proyectado en el vampiro sus obsesiones más íntimas: el cuerpo, la sexualidad, la enfermedad, el lujo, la decadencia, el doble, el deseo de inmortalidad y la inquietud ante lo que regresa. Más que estudiar un monstruo, este libro sigue el rastro de una presencia. Y al hacerlo, revela que toda imagen vampírica es también una confesión disfrazada de la cultura que la produce.




