Camazotz, o el murciélago que vino del inframundo

Hay criaturas cuya existencia uno no termina de creer, no porque carezcan de templos, de códices o de estelas —que los hay, y en abundancia—, sino porque parecen anteriores incluso al miedo que las nombra. Como si hubieran existido antes de que el hombre aprendiera a temer con palabras, antes incluso de que pudiera organizar su terror en relatos, mitologías o imágenes. Camazotz es una de esas figuras que no se dejan mirar de frente, no porque se oculten, sino porque carecen de superficie donde posar la mirada. Es, en efecto, un dios-murciélago —si es que ese título no resulta ya una forma de reducción—, una sombra dentada de Xibalbá, un habitante del techo de la noche, pero sobre todo, una interrupción. Una forma del tajo.

En las narraciones mayas, y más concretamente en el Popol Vuh, se le menciona sin énfasis, como si no hiciera falta exagerar lo que ya es irrefutable: “Y llegó Camazotz, que era el de rostro de murciélago, y voló sobre Hunahpú, y con un tajo le arrancó la cabeza”. Esa frase, seca, casi administrativa, contiene toda su lógica. No seduce, no castiga, no persuade. Corta. Y cortar, aquí, no es sólo dividir la carne o interrumpir el movimiento, sino cancelar la continuidad del yo, impedir que alguien siga siendo lo que era antes del corte. Porque lo que Camazotz arranca no es solo una cabeza, sino la posibilidad de continuar siendo uno mismo.

Su nombre, dicen, proviene del k’iche’: kame (muerte) y sotz’ (murciélago). Pero hay nombres que no necesitan etimología para imponerse. Aun sin saber lo que significa, Camazotz suena a algo definitivo. Se le adoró entre zapotecas y mayas, se le representó en estelas, códices, vasijas, braseros, templos con forma de herradura, e incluso, siglos después, en un busto reinterpretado a la manera de Batman —que no es sino otra sombra, más moderna, más urbana, menos sagrada. En los murciélagos de tierra caliente, los de orejas anchas como hojas y ojos redondos como obsidiana pulida, se reconoció su rostro. A veces con dientes triangulares que asomaban desde las comisuras de los labios. A veces con lengua expuesta, en gestos que no eran de hambre sino de transmutación. No por nada, en algunas urnas zapotecas, en lugar de falo aparece un rostro, como si lo verdaderamente generador fuera la conciencia, o lo que queda de ella tras la mutilación.

No es como nuestros vampiros. No sufre, no duda, no se oculta. No necesita parecer humano porque nunca lo fue. No razona, no elige. Es. Habita las cuevas, los eclipses, los rituales donde lo ciego se confunde con lo divino. Mercedes de la Garza lo llama “el filo sagrado del sacrificio”, lo cual equivale a decir que no mata, sino que transforma. Lo vital, en su contacto, deja de ser corriente para volverse tránsito. Camazotz no representa la muerte, sino ese momento anterior en el que aún hay pulso, aún hay voz, pero ya no hay huida posible. Y uno acaba por entender que lo que trae no es el final, sino la imposibilidad del después.

A diferencia del vampiro europeo, que necesita parecer uno de nosotros para infiltrarse, Camazotz no finge. No habita en los márgenes de lo humano: los desconoce. Su lógica es otra. Cuando los héroes gemelos Hunahpú e Ixbalanqué son sometidos a la prueba de la Casa de los Murciélagos, no entran en una cueva, sino en una pausa. Allí no hay sueño, no hay razón, no hay tregua. El texto dice: “Se agitaban en lo alto, en el techo, pegados como pensamientos que no se pueden apaciguar”. Los murciélagos no dormían. Y eso es lo que más aterra: no su ferocidad, sino su vigilia. El hecho de que no se cansen. El hecho de que no esperen nada.

Hay detalles que, con el tiempo, se convirtieron en símbolos: sus dedos cortos con garras invertidas, su apéndice nasal en forma de silla de montar, sus gónadas exageradas —quizá para indicar que el poder reside en la transmutación del deseo en ritual—, y ese rostro que a veces sustituye al sexo, como si la reproducción no interesara si no es simbólica. Se decía incluso que tenía poder para curar, no porque poseyera compasión, sino porque era dueño del equilibrio. Podía cortar el “cordón plateado” que unía el cuerpo al alma, y por tanto, también podía no cortarlo. Lo que importaba no era la vida, sino la tensión entre los planos.

Y quizá eso sea lo más perturbador: que Camazotz no es ajeno. No es un invasor. No viene del más allá, ni de Europa, ni de otra cosmogonía. No es un demonio que llega a torcer el orden, sino una pieza del mismo. Su presencia no desequilibra, sino que recuerda que ya hay desequilibrio. Que el mundo se sostiene porque alguien lo corta a tiempo. En ese sentido, el sacrificio no es una aberración, sino una forma de justicia.

Por eso el murciélago no persigue. Permanece. Espera. Y cuando actúa, lo hace sin furia, sin mensaje, sin épica. No hay interpretación posible para su gesto, porque no hay intención. El tajo no deja enseñanza. Solo deja silencio.

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