Charles Maturin
Melmoth the Wanderer (1820)
Hay condenas que no precisan celda ni sentencia, como hay existencias que, sin dejar de ser humanas, traspasan ese umbral invisible que separa al hombre de lo que, sin llegar a ser monstruoso en sentido físico, resulta incomprensible en términos del alma. Melmoth the Wanderer, la obra más desesperada y quizá más radical de Charles Maturin, es precisamente eso: la historia de un hombre que no puede morir, no porque lo impida un poder divino ni una maldición demoníaca en el sentido clásico, sino porque él mismo ha sellado, alguna vez, un pacto que ya nadie recuerda del todo, ni siquiera él.
Y sin embargo, sigue. No se detiene. No descansa. No encuentra relevo. En su figura —y este es tal vez el gran hallazgo de Maturin— el vampirismo se ha despojado de colmillos y cementerios, de ataúdes y crucifijos, y se ha transformado en otra cosa: en una condena de duración, en una eternidad sin tregua, en un presente perpetuo que no redime y que tampoco castiga, sino que simplemente se prolonga. Melmoth no es un ser que se alimenta de otros, sino un ser que no puede entregarse, y que por eso mismo desgasta. Agota. Corroe.
Uno se pregunta —como ocurre en las mejores obras, aquellas que más nos inquietan por lo que no dicen— si no hemos sido también nosotros, en algún momento, ese Melmoth: si no hemos deseado secretamente ceder a otro nuestra carga, nuestros días, nuestro tedio, nuestra falta de sentido, a cambio de una tregua mínima, de un silencio prolongado, de una ausencia. Y uno se pregunta, también, si no hemos rechazado ocupar el lugar del otro, aunque supiéramos que le urgía desprenderse de su condena.
La estructura de la novela, con sus historias incrustadas en otras, como muñecas rusas o espejos enfrentados, reproduce formalmente esa misma imposibilidad de clausura. Cada relato que se abre parece prometer un desenlace, una salida, una redención parcial al menos, y sin embargo todos conducen a un nuevo encierro, a una nueva negativa. Melmoth se acerca, se insinúa, propone su pacto desesperado, pero nadie —nadie, nunca— acepta. Ni los enfermos ni los presos, ni los enamorados ni los moribundos. Todos prefieren la muerte.
Y es que lo que ofrece Melmoth no es una segunda vida, sino la prolongación de la primera. Una eternidad que no salva, sino que agranda el vacío. Por eso su figura resulta más devastadora que la de cualquier vampiro convencional: porque no necesita devorar a sus víctimas, le basta con mostrarles lo que él es para que todos se alejen. Melmoth no destruye: Melmoth muestra. Y eso basta.
No hay redención posible en esta novela, porque no hay redención posible para quien ha visto demasiado. Para quien ha comprendido que vivir más de lo debido no conduce al saber, ni al sosiego, ni siquiera a la lucidez, sino a una especie de exilio absoluto. Y es ahí donde Maturin se adelanta a todos los vampiros que vendrán después: en mostrarnos que el mayor terror no está en la sangre, sino en el tiempo. En una duración que no cesa. En una espera que no tiene fin. En la certeza de que no hay nadie que desee ser tú, ni siquiera por compasión.
Melmoth the Wanderer no se lee —se padece, se arrastra, se sueña. Como su protagonista. Y cuando se termina, si es que uno logra terminarlo, queda en el lector la sospecha de que algo ha cambiado en su manera de concebir la vida, no por lo que ha leído, sino por lo que ha intuido. Que el horror no siempre necesita forma, y que la condena más terrible es la que se ofrece con una voz educada, razonable, casi fatigada, que simplemente dice: “¿Quieres vivir como yo?”
Heinrich August Ossenfelder
Der Vampir (1748)
Algunos textos sobreviven no porque hayan sido leídos con atención, sino porque se los cita, se los recuerda mal, o simplemente porque abrieron una puerta por la que luego pasaron otros más célebres.
Johann Wolfgang von Goethe
Die Braut von Korinth (1797)
Algunas promesas no se pronuncian en voz alta, pero pesan más que aquellas que se sellan ante testigos.

Robert Southey
Thalaba the Destroyer (1801)
En Thalaba the Destroyer, publicado en 1801, Robert Southey no pretendía escribir sobre vampiros, ni mucho menos añadir otro ejemplar a la galería ya nutrida de lo monstruoso.
Literatura de vampiros en los siglos XVIII y XIX es una exploración literaria y cultural de los orígenes del vampiro en la literatura europea, desde las primeras apariciones poéticas del siglo XVIII hasta su consolidación como figura central del imaginario gótico en el siglo XIX. El libro recorre poemas, relatos y novelas de autores como Heinrich August Ossenfelder, Goethe, Coleridge, Byron, Polidori, Nodier, Mary Shelley, Keats, Hoffmann, Poe o Gogol, mostrando cómo el vampiro pasó de ser una superstición popular a convertirse en un símbolo complejo del deseo, la muerte, la memoria y la obsesión humana.



