Baobhan Sith: la que baila antes de matar
Existen terrores que se anuncian con ruido —con cadenas, con lamentos, con pasos húmedos que interrumpen el sueño—, y hay otros que llegan bailando. Con una sonrisa. Sin sangre todavía. Se mueven con gracia, parecen inofensivos, incluso deseables, hasta el último instante, que casi nunca se ve venir. La baobhan sith pertenece a esa clase más peligrosa: no la del monstruo visible, sino la del deseo que regresa como condena.
En la tradición escocesa, la baobhan sith —pronunciado baa’-van shee— es un ser feérico. A veces hada, a veces demonio, a veces vampiro. Las clasificaciones no bastan. John Gregorson Campbell, en su The Gaelic Otherworld (1900), la describe como una criatura nocturna “who appears as a beautiful woman, clad in green, but is truly death walking”. No muerta, pero tampoco viva. No humana, pero cercana. No se ve llegar: se desea. Y eso es, quizá, lo más grave.
El relato, repetido en múltiples versiones orales recogidas en las Highlands, es siempre el mismo: un grupo de hombres —cazadores, pastores o soldados— pasa la noche en el bosque. Beben y narran. Uno de ellos, sin saber qué invoca, dice: “If only women were here to dance with us.” Y ellas vienen. “They always come,” repite Campbell. No por voluntad, sino porque fueron nombradas. Porque el lenguaje abre puertas que luego no puede cerrar.
Lo que sigue es gozo momentáneo. Las mujeres —bellas, verdes, imposibles— bailan con los hombres. Los embriagan. Y sin aviso, sin transiciones, los matan. “Their nails turn to talons and they drain the blood of their partners while dancing,” relata Katharine Briggs en An Encyclopedia of Fairies (1976). Sólo uno sobrevive a veces: el que se aparta, el que se aleja sin saber por qué.
La baobhan sith no duerme en ataúdes. No vive en castillos. No responde al ajo, ni al crucifijo, ni a las estacas. No muere. Su lógica no es cristiana, ni romántica, ni médica. Es arquetípica. Encierra el anhelo que se convierte en error, la palabra que se pronuncia sin cálculo, el deseo que se transforma en castigo. Uno no puede invocar la noche sin aceptar que tal vez venga.
La única defensa conocida es el hierro, que según la cosmología celta interrumpe lo sobrenatural. También los caballos, que forman un círculo que la criatura no puede traspasar. “She cannot cross a ring of horses,” recoge Donald A. Mackenzie en Scottish Folk Tales (1917), como si el animal doméstico —símbolo del día, del control, de la tierra trabajada— bastara para protegernos de lo innombrable.
No es la única mujer fatal del folclore, desde luego. Pero sí una de las más silenciosas. No tiene historia. No tiene causa. Nadie sabe si fue humana. Nadie sabe si quiere venganza o simplemente cumplir con un patrón. No es invocada por rito, sino por imprudencia. Por hablar de más. Por pedir lo que no se debe.
En algunos relatos, se dice que su vestido verde está manchado de rojo en la parte inferior. No se ve al principio. Nadie quiere verlo. “The hem of her gown may glisten with fresh blood, but it is already too late by the time one notices,” anota Theresa Bane en Encyclopedia of Fairies in World Folklore and Mythology (2013). Pero ya no hay vuelta atrás. El relato no se cierra. Se repite.
Porque siempre hay otro fuego, otro grupo de hombres, otra frase dicha a la ligera. “If only women would come.” Y vienen. No porque escuchen, sino porque la palabra las llama. Porque, como toda figura del folclore profundo, la baobhan sith no responde a la voluntad, sino a la narración.
Como tantos vampiros femeninos, no actúa por hambre, sino por mandato más oscuro. No fisiológico, sino simbólico. No por necesidad, sino por ley narrativa: el deseo que no puede expresarse sin consecuencias. No vive en el pasado ni en el futuro. Vive en ese instante exacto —ese punto sin retorno— en que el deseo se convierte en error. Y ahí permanece. Esperando la próxima voz que vuelva a pronunciarla.
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