Arminius Vámbéry –
Travels in Central Asia (1864–66)

En ocasiones, lo que uno encuentra no estaba buscándolo. Arminius Vámbéry, viajero húngaro de rostro curtido y lengua adaptable, se internó en Asia Central disfrazado de derviche no para hallar vampiros, ni siquiera para hablar de ellos, sino para estudiar lenguas, recorrer desiertos, sobrevivir a la diplomacia oriental disfrazada de hospitalidad y, quizá, obtener algún reconocimiento en las academias europeas que aún miraban el este como una promesa inagotable de lo exótico.

Pero entre los relatos que recogió —a menudo transmitidos por hombres sentados en círculo, entre el humo del té y la sospecha del forastero— aparecen figuras que no encajan del todo en la mitología convencional, ni en las tipologías occidentales del miedo. Figuras que se arrastran en la noche, que habitan los márgenes del sueño y la vigilia, que chupan la fuerza de los durmientes como si la sangre fuera para ellos lo que el alma es para los santos. Vámbéry, prudente y escéptico, los menciona sin subrayarlos, como quien anota un fenómeno curioso pero sin otorgarle demasiado crédito. Y, sin embargo, quedan ahí: demonios femeninos que visitan a los hombres por la noche, espectros pálidos que se introducen por la boca abierta de los que duermen, muertos sin tumba que exigen reconocimiento en forma de temor.

No los llama vampiros —el término, como concepto consolidado, pertenece más al folclore eslavo que a las estepas que recorre—, pero los describe con una precisión involuntaria que los hace reconocibles. Hay en esas páginas, a ratos secas y diplomáticas, un rumor que no cesa: el de los cuerpos que son invadidos por algo invisible, el de los viajeros que no se levantan por la mañana, el de los niños que mueren sin razón. Vámbéry lo apunta sin alarmismo, como si no creyera del todo en lo que oye, pero tampoco se atreviera a negarlo por completo. Tal vez por cortesía, tal vez por superstición.

Y así, sin quererlo, este libro de rutas y lenguas se convierte en uno de los primeros testimonios modernos sobre la dimensión vampírica más allá de Europa. No como figura literaria, sino como presencia oral, como fantasma transmitido entre generaciones que no han leído a Polidori ni a Stoker, pero que saben —lo saben desde siempre— que hay cuerpos que no están solos del todo, y noches en las que algo, sin forma fija, exige alimento.

Vampiros en el Arte

Henry Fuseli 
The Nightmare 

Fuseli pintó esta escena como si hubiera visto en la imaginación lo que aún no se decía en voz alta: que el miedo no venía sólo de fuera, sino de dentro ...

William-Adolphe Bouguereau  
Dante y Virgilio

El cuadro representa a los condenados que Dante encuentra en el octavo círculo del Infierno, los falsificadores de alma, si seguimos la clasificación exacta. 

R. de Moraine 
Le Vampire 

Hay escenas que no representan un hecho, sino una forma de pensar el miedo, y acaso por eso duran más que los propios hechos que pretendían ilustrar ...

El Vampiro en el Arte
Con una prosa ensayística y evocadora, El vampiro en el arte explora cómo cada época ha proyectado en el vampiro sus obsesiones más íntimas: el cuerpo, la sexualidad, la enfermedad, el lujo, la decadencia, el doble, el deseo de inmortalidad y la inquietud ante lo que regresa. Más que estudiar un monstruo, este libro sigue el rastro de una presencia. Y al hacerlo, revela que toda imagen vampírica es también una confesión disfrazada de la cultura que la produce.

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