Alexei K. Tolstói
Upyr (1841)
Existen personas, o mejor dicho, hay presencias —porque no siempre uno está seguro de que sean personas del todo— que no hacen nada. No gritan, no avanzan hacia uno con hostilidad manifiesta, no alzan la voz ni rompen puertas ni hieren. Y sin embargo, basta que estén. Basta con que entren en una habitación para que el aire cambie, para que uno se sienta observado incluso cuando no lo mira nadie. Basta con que digan su nombre para que empiece a temblar algo muy antiguo en nosotros.
Upyr, que en ruso significa simplemente “vampiro”, es el título que Tolstói eligió para este breve relato, aunque en él no hay colmillos, ni estacas, ni cementerios. Lo que hay es un joven que llega a una ciudad, una estancia aparentemente inocente en una casa de buena familia, y una figura: el invitado. Un hombre educado, refinado, de modales irreprochables, y al mismo tiempo profundamente perturbador. Un personaje que parece conocerlo todo, incluso lo que nadie debería saber, y que irradia una atracción casi sagrada, o sádica, o ambas cosas a la vez. Y uno sospecha, como el protagonista, que lo verdaderamente siniestro no se grita, sino que se insinúa.
Tolstói, con la elegancia de quien no tiene prisa por espantar, sugiere que el vampirismo puede ser cortesía. Que el monstruo puede presentarse con guantes blancos y sonrisa contenida. Y que su poder no está en su fuerza, ni en su violencia, sino en su capacidad para colonizar el pensamiento ajeno, para deslizarse en nuestras certezas hasta que ya no son nuestras. Lo vampírico, en Upyr, no es tanto la succión de la sangre como el vaciamiento de la identidad.
Y eso es, a mi juicio, lo más inquietante: que el protagonista empieza sabiendo quién es y acaba sin saberlo. Llega como un hombre libre y se marcha como un reflejo, o como un huésped de sí mismo. Y ese tránsito no está marcado por la tragedia, sino por algo peor: la aceptación. Como si estuviera escrito de antemano. Como si hubiera nacido para ceder.
Upyr es un cuento sobre la fascinación como condena. No hay necesidad de violencia cuando el deseo se encarga de todo. El vampiro aquí no persigue: espera. No invade: se ofrece. No conquista: es elegido. Y esa elección —ese deseo de entregarse, de ser poseído sin que medie un acto de voluntad— es lo que convierte al protagonista en víctima. Y lo que, de paso, nos hace temer por nosotros mismos. Porque, aunque no lo digamos, también a nosotros nos atrae lo que no comprendemos, lo que nos inquieta, lo que podría destruirnos si nos acercamos demasiado. Y quizá ya lo ha hecho.
Vampiros en el Arte
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