Alexei K. Tolstói 
La familia Vourdalak (1839)

Uno podría pensar —o desear pensar, más bien— que lo familiar es, por definición, lo seguro. Que aquello que lleva nuestro apellido, nuestra lengua, nuestra sangre, incluso nuestras supersticiones, está libre de peligro. Que lo que forma parte de la familia, de esa red difusa de afectos y de hábitos, no puede hacernos daño o, al menos, no un daño verdadero, no un daño esencial. Pero Tolstói —Alexéi, no el más célebre León— escribió La familia Vourdalak para recordarnos que es justamente allí donde acecha el peligro más terrible: el que no proviene de lo extraño, sino de lo íntimo.

El cuento es sencillo si se lo narra en voz alta, como en las tabernas o frente al fuego: un padre desaparece en busca de un bandido, y al volver, días después, sus hijos ya no saben si es él o un vourdalak, es decir, un muerto viviente que regresa para consumir a los suyos. Hay un plazo: si no regresa antes del décimo día, ya no será humano. Él regresa el décimo día exacto, lo cual no aclara nada. O lo aclara todo. Porque en ese margen —un solo día, unas pocas horas de diferencia— se instala la duda más cruel. ¿Es él o no lo es? ¿Le creemos porque lo amamos, o porque necesitamos creer?

Esa es la pregunta que atraviesa todo el relato: ¿hasta qué punto conocemos realmente a quienes amamos? ¿Cuándo un ser querido deja de ser quien fue? ¿Cuándo su mirada, su voz o su gesto ya no significan lo mismo? El horror no reside en lo monstruoso, sino en la transformación imperceptible. En que un padre —o un hermano, o un hijo— siga teniendo el mismo rostro, pero algo en él haya cambiado, y ese algo, aunque no se pueda nombrar, sea suficiente para que uno ya no duerma tranquilo.

Tolstói, como todos los grandes narradores de lo sobrenatural, sabe que el miedo más profundo no es a lo desconocido, sino a lo conocido que deja de ser fiable. El padre vuelve. Habla, come, se sienta, parece él. Y sin embargo, algo no encaja. No hay pruebas, no hay sangre, no hay mordiscos al principio. Solo una inquietud que se contagia como fiebre leve, hasta volverse insoportable. Y entonces comienza lo inevitable: la familia empieza a desaparecer, uno a uno, y lo que antes era hogar se convierte en tumba compartida.

En La familia Vourdalak, el vampiro no viene de fuera. No irrumpe. No asalta. Se sienta a la mesa con nosotros, conoce nuestros nombres, nos llama como nos llamaban de pequeños. Y por eso su amenaza es tan difícil de rechazar. Porque negar al vampiro, aquí, es negar al padre. Es elegir entre la fidelidad al recuerdo y la sospecha del presente. Y uno se equivoca siempre. Porque el amor, cuando está vivo, ciega. Pero cuando está muerto, enloquece.

Vampiros en el Arte

Henry Fuseli 
The Nightmare 

Fuseli pintó esta escena como si hubiera visto en la imaginación lo que aún no se decía en voz alta: que el miedo no venía sólo de fuera, sino de dentro ...

William-Adolphe Bouguereau  
Dante y Virgilio

El cuadro representa a los condenados que Dante encuentra en el octavo círculo del Infierno, los falsificadores de alma, si seguimos la clasificación exacta. 

R. de Moraine 
Le Vampire 

Hay escenas que no representan un hecho, sino una forma de pensar el miedo, y acaso por eso duran más que los propios hechos que pretendían ilustrar ...

El Vampiro en el Arte
Con una prosa ensayística y evocadora, El vampiro en el arte explora cómo cada época ha proyectado en el vampiro sus obsesiones más íntimas: el cuerpo, la sexualidad, la enfermedad, el lujo, la decadencia, el doble, el deseo de inmortalidad y la inquietud ante lo que regresa. Más que estudiar un monstruo, este libro sigue el rastro de una presencia. Y al hacerlo, revela que toda imagen vampírica es también una confesión disfrazada de la cultura que la produce.

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