Actenmäßige Relation… (1732)
W. S. G. E.
Actenmäßige Relation, es decir, “relación en forma de actas” o “relato conforme a expediente oficial”, publicado también en 1732, y con el mismo autor atribuido —o escondido— bajo las iniciales W. S. G. E. es, en apariencia, la prolongación o complemento de la Curieuse Relation, su versión más ordenada, más objetiva, más seca y burocrática. Aquí no hay intención literaria, ni siquiera cronística: hay, en principio, deseo de aclarar, de dejar constancia jurídica y anatómica de lo sucedido en Medveđa y sus alrededores, donde, como ya sabemos, los muertos daban señales de no haberse resignado del todo a su estado.
Y, sin embargo, lo que este nuevo documento pone en evidencia no es una solución, ni un diagnóstico, ni una hipótesis verosímil, sino otra cosa: el fracaso de todo intento por dominar aquello que se desborda. Porque el estilo del informe es sobrio, frío incluso, lleno de fechas, nombres y descripciones médicas. Se mencionan las condiciones de los cuerpos exhumados: uno llevaba más de diez días enterrado y sin embargo presentaba carne rosada, sangre líquida en la boca, uñas aparentemente en crecimiento. Otro no mostraba señales de putrefacción, y sus ojos, al ser examinados, no habían perdido el brillo. Un tercero fue hallado con signos de haber cambiado de posición dentro del ataúd, como si algo en él, o fuera de él, lo hubiese movido.
El lector moderno podría pensar que estos detalles bastarían para descartar el testimonio por exagerado, por crédulo, por propio de otra época. Pero lo curioso —y lo inquietante— es que el tono de quien escribe es contenido, casi clínico, sin adornos ni alardes. La voz que narra no quiere impresionar, ni espantar, ni convencer. Solo quiere dejar constancia. Precisar. Archivar. Y en esa frialdad, en esa supuesta neutralidad, es donde asoma lo inexplicable. Porque los hechos se acumulan, los casos se repiten, las descripciones médicas no logran imponer una lectura única. El expediente, lejos de cerrar el misterio, lo vuelve más concreto. Más incómodo. Más irrefutable.
Se intenta explicar —o al menos sugerir— que ciertas condiciones naturales podrían justificar el estado de los cuerpos. Se menciona el clima, la humedad, la calidad de la tierra, la posibilidad de enfermedades mal diagnosticadas, incluso errores en el registro de la muerte. Y sin embargo, cada explicación posible abre otra pregunta. ¿Por qué tantos casos concentrados en tan pocos días? ¿Por qué la correlación con sueños, con muertes repentinas de familiares o vecinos? ¿Por qué la necesidad ritual de decapitar y quemar los cadáveres para que cesaran los síntomas en los vivos? Y, sobre todo, ¿por qué una comunidad entera —no ignorante, no desquiciada, sino atenta y alarmada— se convenció de que algo estaba ocurriendo más allá de lo visible?
La Actenmäßige Relation no lo dice. No lo explica. Y quizá por eso mismo se ha conservado como uno de los documentos más extraños y reveladores de toda la fiebre vampírica del siglo XVIII. Porque no pretende interpretar, ni fantasear, ni negar. Solo recoge, con la aspereza de los registros oficiales, aquello que fue dicho, observado y ejecutado. El texto no elige un sentido: se limita a acumular hechos. Y con eso basta. Porque lo verdaderamente perturbador es que los hechos, por sí solos, no se dejan asimilar.
Uno termina de leer y no siente que se le haya contado una historia fantástica, sino que se le haya ofrecido un fragmento real —documentado, firmado y discutido— de algo que no encaja, de algo que no debería haber ocurrido, y sin embargo ocurrió. O fue suficiente la creencia de que había ocurrido como para que médicos, jueces, soldados y sacerdotes actuaran en consecuencia. La ley no suele actuar por sugestión. El bisturí no corta por superstición.
Y entonces, la duda permanece. No sobre si los vampiros existen o no —esa pregunta, tal vez, sea menos interesante—, sino sobre la razón misma: ¿qué pasa cuando el expediente, el acta oficial, el lenguaje frío de la administración, se ve obligado a nombrar lo que no puede justificar?
Ahí, en ese vacío, es donde el texto de W. S. G. E. encuentra su verdadero valor. No como documento histórico, ni siquiera como testimonio antropológico, sino como muestra de esa grieta que a veces se abre entre lo que sucede y lo que se puede decir que ha sucedido. Y cuando esa grieta aparece en un informe, cuando lo inexplicable se cuela en el lenguaje de la razón, no hay cierre posible. El expediente queda abierto. El archivo queda vivo.
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